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ISSN 1989-4163

NUMERO 112 - ABRIL 2020

 

Un Libro y Resulta que Algo Más

Gil Loraguillo

Un libro

Nunca será un sustituto para un vínculo amoroso, en cualquiera de sus facetas. Ni siquiera para un vínculo no amoroso. Las personas, primero; y el aire fresco en la cara y la luz siempre cambiante y el chapotear en el agua mejorsiesdelmar después. Pero incluso todo esto que acabo de nombrar está en un libro. Un libro puede ofrecer tanta alegría de vivir como consuelo. En los momentos más oscuros, más oscuros, un libro me ha ayudado a devolver sus mimbres a una realidad desmadejada por la muerte. Mi desolación se me revelaba humana mientras leía y encontraba cómo ponerles palabras al dolor y al duelo. Un vínculo con esos autores, que eran humanos; un redescubrirme (sorpresa) perteneciendo a la misma raza que ellos: a la humanidad. Un escuchar la voz de quien ha escrito y escuchar la tuya propia, un dialogar con otro y con uno mismo, eso es un libro. Una guía sobre ser, una orientación, una brújula. Un mapa en blanco (¿sigue siendo un mapa?). Tanto a tu alcance como libros hay en tu biblioteca, sea esta la de tu casa o la de tu ciudad: por eso es la institución más democrática de todas, por eso hay que celebrarla siempre, y defenderla. Porque un libro es la posibilidad de entender a otras personas, incluso a aquellas que nos producen el mayor de los rechazos. Y de entenderte y quererte a ti también, incluso en los momentos en los que no te soportas. Un libro es una risa y es una lección y es una pregunta y es un evadirse y es un recrearse y es un descubrir y es un sorprenderse y es un morirse de miedo y es aprender a morir. Es aprender a dejar ir. Es aprender (¡incluso a tirar un libro por la ventana!). Es una visión que cuestionar, es elegir tu bando, es una semilla, es el Amazonas, es una fortaleza en la que guarecerse, es una ventana a la que mirar y desde la que mirar el mundo. Es una gota de experiencia y a veces hasta de sabiduría. Y cuando ya está semiolvidado en tu cabeza, ahí tienes tu libro: una serenidad, y una alegría.


Despertar a finales de marzo de 2020

Ya hoy ha sido el colmo, así que no me da para imaginar qué me deparará el amanecer dentro de dos semanas. Espero que sea algo si cabe aún mejor (aquí la superstición al aparato) pero no sé si me podrá sorprender más.

Dormir es un placer y no dormir es mi idea del infierno. Y aunque últimamente aprecie las sombras y la penumbra, que ya va siendo hora con casi cuarenta y siete años, la luz es el emperador. Fiat lux. Persianas jamás cerradas, abro un ojo y al más mínimo atisbo de crepúsculo matutino ya empieza mi cuerpo a saber que pronto va a salir de la cama. Mi mente sigue aún condicionada por años de remolonear perezosa, pero –y esto es lo sorprendente– mi cuerpo sabe más. Prescinde de dualidades absurdas y me saca entera de la cama, de un salto, con la promesa de la hora azul y la hora dorada. Hasta el fresco del aire, que un par de días de este marzo ha sido más que fresco frío en toda regla, es un regalo.

Sospecho que es que no tengo que trabajar. Sospecho que es que no tengo una obligación. De pequeña los días eran dulces y no recuerdo oscuridad al despertar. Fue a los catorce años, con el instituto al final del trayecto en autobús, cuando llegaron los pájaros. ¡Los pájaros! Salir a la calle con el trinar de los pájaros y el cielo aún oscuro. Y la cama, mi cama, ahí, lejos. Durante años ha sido un trino hostil, un gorjeo contrario, una injusticia en el orden del universo. Y hoy a las cinco y pico he abierto un ojo y he aguzado el oído, y tras los cristales bien cerrados se oía claro y distinto el canto de los pájaros. Sospecho que es que mucha gente no puede salir a trabajar, para lo malo, y, y abro la ventana al canto de los pájaros en la ciudad y por primera vez le sonrío.

 

 

 

 


 

 

High TideImagen: Bo Bartlett 

 

 

 
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